Cosas que me gustan de Japón (parte 2 de 1 millón)

para Aquel Señor, siempre

  1. Los escusados que parecen naves espaciales -a pesar de que uno de sus chorros de agua a presión me robó mi otra inocencia (en palabras de Catón: no entendí)
  2. La facilidad que tienen los japoneses para dormir en el transporte público
  3. Las flores comestibles
  4. Los concursos de baile en la televisión
  5. Comunicarnos con dibujos
  6. Saltar de piedra en piedra en los lagos de los templos
  7. El taxista de Tokio que nos llevó al aeropuerto y nos puso música en español después de que le dijimos que somos mexicanos–no tuvimos el corazón para decirle que Gloria Estefan es cubana
  8. Los pañuelos de las sobrecargos del tren
  9. La costumbre de poner el adjetivo “Japanese” al frente de todo –de TODO-, por si no nos había quedado claro que estamos en Japón: Japanese pickles, Japanese curry, Japanese fish, Japanese toilet
  10. Los pasajeros de las lanchas del río de Osaka, presumiendo su mejor sonrisa y saludando a toda la gente

Ideas inconexas sobre la nada

A veces me siento a escribir y no escribo. No es falta de inspiración. La inspiración no existe; existen los pretextos. El alcohol ayuda, pero entonces mi hígado reclamaría, por no mencionar a mis parientes y a los padres de familia del kínder… ¿Qué diría el hígado de Hemingway si hablara? Probablemente estaría imposibilitado y al borde del estupor y la coma. ¿Y el hígado de Capote? Ha de haber sido simpatiquísimo. Pero entre la copa y la coca, quién sabe si harían sentido sus palabras.

A veces me siento a garabatear y termino pintando monitos. Entonces me pregunto por qué escribo. O para qué. Tecleo cosas sin sentido. Luego veo el botón de publicar y me duele el estómago. Pienso en mis dos lectores y los imagino desnudos, a ver si así se me quita la pena. Luego recuerdo que mis dos lectores son mis papás y se me sube el estómago a la garganta y me digo a mí misma que mis padres nunca se quitan la ropa ni para bañarse y que yo nací por generación espontánea.

Quería escribir sobre Nueva York, sobre el colchón inflable que nos acompañó a Aquel Señor y a mí en la última noche que pasamos allá, sobre la banca del parque donde nunca grabamos nuestros nombres, sobre todos los amigos que se fueron y despedimos uno por uno en karaokes coreanos hasta que nos tocó irnos a nosotros, sobre el día en que Cate me nombró ciudadana honoraria de Nueva York, sobre Cate, sobre las galletas que Jessica y yo comimos encima del colchón, sobre la tarde que Luca y Clara fueron a cocinarme una pasta al ragú porque estaba yo muy triste y así se quitan las penas los italianos. No sé si estoy lista para escribir sobre Nueva York. Pero tengo miedo de olvidar.

Quería escribir sobre el silencio, sobre el encanto de bucear, sobre el espacio, sobre las noches que pasé sumergida en la alberca imaginando cómo se sentiría el dedo dictatorial adentro de mi panza, sobre la posibilidad de vivir en una casa arriba del mar para poder saltar al agua cada que un parlanchín me aturda (gritaría “¡un delfín!” y daría por terminada la conversación), sobre el placer que me causa ver dormir al dedo dictatorial con sus cachetes inflados y sus brazos a la altura de la cabeza como si estuviera tomando el sol en algún destino turístico, sobre la última canción que canté con Kiko y que ya no recuerdo.

Quería escribir sobre tantas cosas. Quizás este texto sea un índice. Quizás no. Ya veremos. Nos leemos la próxima semana.

Crónica de un lenguaje precoz

En un abrir y cerrar de ojos el dedo dictatorial aprende a hablar. Una mañana duerme plácidamente. Abre un ojo y luego el otro. Me mira con dulzura. Pienso que hoy será el día en que dirá “mamá”, “papá” o el nombre de la mascota. Pero sus labios se abren y una compleja combinación de vocales y consonantes –pero sobretodo consonantes- comienza a sonar. Su lengua se mueve a una velocidad asombrosa. Arriba, abajo, a un lado, al otro. No para. Su entonación es de una variedad inigualable. Mueve la cabeza. Gesticula. Parece un pequeño adulto. Llamo a gritos a Aquel Señor para que sea testigo de este milagro de la vida: ¡nuestro dedo es un genio de la lingüística! Estamos tan emocionados que tardamos unos segundos en darnos cuenta que el dedo habla un idioma que no comprendemos. Hasta la mascota familiar –capaz de entender frases y palabras simples- inclina la cabeza en señal de confusión.

Desde entonces, pasamos los días tratando de traducir algo que a primeras oídas parece lengua muerta. Algunos la escuchan y concluyen que el dedo habla japonés, cosa que provoca en el interlocutor una confusión de dimensiones tremendas, por aquello de la ausencia de rasgos asiáticos en todos los miembros de la familia. (La mascota, de pelo lacio y dimensiones diminutas, quizás podría hacerse pasar por japonesa. El resto de los familiares seríamos los big and tall del imperio del Sol Naciente). Sin embargo, no sería una locura que el dedo dominara la lengua de los nipones: a juzgar por mi alimentación durante el embarazo, la mini dictadora está hecha principalmente de soba, erizo y arroz. Si a eso le agregamos la cantidad de horas que Aquel Señor y yo pasamos viendo películas de Miyazaki, leyendo literatura japonesa, y tratando de hacernos pasar por locales en el barrio japonés de Nueva York mientras esperábamos la llegada de nuestra mandamás, hace sentido que el dedo tenga influencia nipona. De ser así, nos encontramos ante una productiva oportunidad para aprender un idioma que amamos. Hasta que vemos el gesto de confusión de nuestros vecinos japoneses mientras el dedo platica en el elevador, y nos damos cuenta de que, en efecto, nuestra pequeña tirana no habla ni japonés, ni español, ni otomí, ni ninguna lengua de este mundo. Llevamos a cabo un exhaustivo análisis, y nuestra conclusión no puede ser más sensata: nuestro dedo dictatorial es un ser interplanetario.

Es importante aclarar que nuestra conclusión no tiene tintes religiosos. Ya suficiente tenemos en este mundo con gente como Tom Cruise y su secta de desequilibrados que dicen haberse tragado a un marciano antes de llegar a la Tierra, o algo así. Si quieren un símil, piensen en Superman, que vino de otro planeta para salvar a la humanidad, o en el principito de Saint-Exupéry, que apareció a la mitad del desierto exigiendo dibujos de corderos como si fuera lo más normal.

Al dedo poco le importa que nadie le entienda. Habla mientras juega, habla mientras camina, habla mientras “lee” (todavía no estamos seguros si el dedo viene alfabetizado o no. El hecho de que mire los libros al revés indica dos posibilidades: a) el dedo no sabe leer, b) su inteligencia es tan superior a la de cualquier terrícola, que la orientación –y el idioma- del libro resulta irrelevante. Obviamente nos inclinamos por la segunda). Habla con la mascota. Habla con el aire. Habla con la comida mientras inventa un revoltijo de pan, pescado, baba, y servilleta -pero sobretodo baba-. Nos mira a los ojos y dice algo así como “kjhfhjmnyyiooeomchyry”. Espera nuestra respuesta con paciencia. No nos queda más que asentir y contestar algo así como “claro, qué interesante, tienes razón”. El dedo nos examina seriamente. Así nació: con los ojos bien abiertos, siempre listos para explorar y analizar hasta el objeto más insignificante. A veces siento que puedo ver su cerebro trabajando. Seguro piensa que sus padres somos unos idiotas.

Hasta el día de hoy, ignoro el propósito de la llegada del dedo a nuestro planeta. Quisiera pensar que tiene una gran misión como frenar el calentamiento global, extender el promedio de vida de los perros, o deshabilitar para siempre los cláxones de los coches chilangos. Desconozco si posee otros poderes además de su lenguaje precoz. Su estilo dictatorial me preocupa. Pero si algo aprendí de las historias de superhéroes es que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Hasta hace poco, me había concentrado en sobrevivir a sus mandatos: contaba los días que llevaba yo sin llorar de cansancio y de frustración como un AA cuenta los días que lleva sin beber. Hoy tengo un nuevo propósito: encaminar al dedo dictatorial hacia la bondad; alejarlo de la tiranía. Ahora, si tan sólo habláramos el mismo idioma…