Crónica de un lenguaje precoz

En un abrir y cerrar de ojos el dedo dictatorial aprende a hablar. Una mañana duerme plácidamente. Abre un ojo y luego el otro. Me mira con dulzura. Pienso que hoy será el día en que dirá “mamá”, “papá” o el nombre de la mascota. Pero sus labios se abren y una compleja combinación de vocales y consonantes –pero sobretodo consonantes- comienza a sonar. Su lengua se mueve a una velocidad asombrosa. Arriba, abajo, a un lado, al otro. No para. Su entonación es de una variedad inigualable. Mueve la cabeza. Gesticula. Parece un pequeño adulto. Llamo a gritos a Aquel Señor para que sea testigo de este milagro de la vida: ¡nuestro dedo es un genio de la lingüística! Estamos tan emocionados que tardamos unos segundos en darnos cuenta que el dedo habla un idioma que no comprendemos. Hasta la mascota familiar –capaz de entender frases y palabras simples- inclina la cabeza en señal de confusión.

Desde entonces, pasamos los días tratando de traducir algo que a primeras oídas parece lengua muerta. Algunos la escuchan y concluyen que el dedo habla japonés, cosa que provoca en el interlocutor una confusión de dimensiones tremendas, por aquello de la ausencia de rasgos asiáticos en todos los miembros de la familia. (La mascota, de pelo lacio y dimensiones diminutas, quizás podría hacerse pasar por japonesa. El resto de los familiares seríamos los big and tall del imperio del Sol Naciente). Sin embargo, no sería una locura que el dedo dominara la lengua de los nipones: a juzgar por mi alimentación durante el embarazo, la mini dictadora está hecha principalmente de soba, erizo y arroz. Si a eso le agregamos la cantidad de horas que Aquel Señor y yo pasamos viendo películas de Miyazaki, leyendo literatura japonesa, y tratando de hacernos pasar por locales en el barrio japonés de Nueva York mientras esperábamos la llegada de nuestra mandamás, hace sentido que el dedo tenga influencia nipona. De ser así, nos encontramos ante una productiva oportunidad para aprender un idioma que amamos. Hasta que vemos el gesto de confusión de nuestros vecinos japoneses mientras el dedo platica en el elevador, y nos damos cuenta de que, en efecto, nuestra pequeña tirana no habla ni japonés, ni español, ni otomí, ni ninguna lengua de este mundo. Llevamos a cabo un exhaustivo análisis, y nuestra conclusión no puede ser más sensata: nuestro dedo dictatorial es un ser interplanetario.

Es importante aclarar que nuestra conclusión no tiene tintes religiosos. Ya suficiente tenemos en este mundo con gente como Tom Cruise y su secta de desequilibrados que dicen haberse tragado a un marciano antes de llegar a la Tierra, o algo así. Si quieren un símil, piensen en Superman, que vino de otro planeta para salvar a la humanidad, o en el principito de Saint-Exupéry, que apareció a la mitad del desierto exigiendo dibujos de corderos como si fuera lo más normal.

Al dedo poco le importa que nadie le entienda. Habla mientras juega, habla mientras camina, habla mientras “lee” (todavía no estamos seguros si el dedo viene alfabetizado o no. El hecho de que mire los libros al revés indica dos posibilidades: a) el dedo no sabe leer, b) su inteligencia es tan superior a la de cualquier terrícola, que la orientación –y el idioma- del libro resulta irrelevante. Obviamente nos inclinamos por la segunda). Habla con la mascota. Habla con el aire. Habla con la comida mientras inventa un revoltijo de pan, pescado, baba, y servilleta -pero sobretodo baba-. Nos mira a los ojos y dice algo así como “kjhfhjmnyyiooeomchyry”. Espera nuestra respuesta con paciencia. No nos queda más que asentir y contestar algo así como “claro, qué interesante, tienes razón”. El dedo nos examina seriamente. Así nació: con los ojos bien abiertos, siempre listos para explorar y analizar hasta el objeto más insignificante. A veces siento que puedo ver su cerebro trabajando. Seguro piensa que sus padres somos unos idiotas.

Hasta el día de hoy, ignoro el propósito de la llegada del dedo a nuestro planeta. Quisiera pensar que tiene una gran misión como frenar el calentamiento global, extender el promedio de vida de los perros, o deshabilitar para siempre los cláxones de los coches chilangos. Desconozco si posee otros poderes además de su lenguaje precoz. Su estilo dictatorial me preocupa. Pero si algo aprendí de las historias de superhéroes es que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Hasta hace poco, me había concentrado en sobrevivir a sus mandatos: contaba los días que llevaba yo sin llorar de cansancio y de frustración como un AA cuenta los días que lleva sin beber. Hoy tengo un nuevo propósito: encaminar al dedo dictatorial hacia la bondad; alejarlo de la tiranía. Ahora, si tan sólo habláramos el mismo idioma…

3 comentarios en “Crónica de un lenguaje precoz

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