La increíble historia de la piñata que nunca fue

No sé por qué la gente se sorprende cuando comento que hasta hace unas semanas, cuando celebramos sus dos años de vida, el dedo dictatorial no conocía las piñatas. Dos. Años. Dosh, si adoptamos la pronunciación de la mini dictadora. ¿Qué tanto puede haber experimentado un dedo en su corta –cortísima- vida que ha sido tan sublime a los ojos de su madre pero tan normal y común y corriente a los ojos de, digamos, un refugiado sirio que ha tenido que cruzar dos mares y ocho países? Yo digo que no mucho: un par de resbaladillas, el mar, el chocolate… Pero a los ojos de los tres mini tiranos –todos menores de dos años- que asistieron al festejo, sólo un ente que ha pasado la vida en un búnker, no conoce las piñatas. ¿Será? Estoy empezando a sospechar que nadie nos invita a sus fiestas infantiles. (Afortunadamente.)

Yo no había pensado en una fiesta con piñata hasta que Frau Mamá lo sugirió. Y todo el mundo sabe que una sugerencia de Frau Mamá es una orden disfrazada. (Yo lo aprendí a gritos desde la infancia.) Y así empezó la aventura de la búsqueda de la piñata. Si fuera por mí, hubiera comprado una en forma de círculo, de triángulo, o ya de plano de trapezoide. Algo simple y bonito; no algo que dejara ciegos a los invitados con su opulencia adornada de brillantina. Imposible. Parece que las fiestas sencillas no están de moda. ¿Un león? ¿Un conejo común y corriente? ¿Un perro que no sea Pluto? Maldita mercadotecnia. No encontrábamos nada que no tuviera su propio programa de televisión. Me resigné por un unicornio de todos los colores del arcoíris. Pensé que serviría para enseñarle al dedo sobre el orgullo gay. Pero me di cuenta que era tan grande, que, de haberlo llenado de dulces, hubiéramos acabado con el problema del hambre en varios estados de la república para luego provocar una epidemia de diabetes de magnitudes apocalípticas.

Abandoné la idea de la piñata. El dedo es joven. Tiene toda una vida para romper princesas con cara de travestís. Entonces recordé el misterio de la ausencia de fiestas infantiles en nuestro calendario social. Y luego recibí una llamada de Frau Mamá preguntando por el estatus de la piñata (insertar música de película de horror mientras dejo caer el auricular sobre el espagueti carbonara). Así que renovamos la búsqueda y nos topamos con un lugar que te hace la piñata que quieras. LA. QUE. QUIERAS. Tantas, tantísimas posibilidades… Surgió la pregunta: ¿qué le gusta al dedo dictatorial?, seguida de la indiscutible respuesta: ¡los pechos de su madre! (Rápido: alguien llame a la Pía Sociedad de Sociedades Pías* para que censure este blog mientras reza un rosario comunal.)

Después de una breve deliberación, nos decidimos por el personaje más bonito, más noble y más en armonía con la naturaleza. Un espíritu del bosque llamado Totoro y creado por el padre japonés de la animación, Hayao Miyazaki. Después de varios dibujos intercambiados con la tienda, Totoro quedó listo. Y quedó precioso. Era enorme: cuando lo abrazaba, mis brazos no alcanzaban a rodear toda su panza. Sí, lo abracé yo. Lo abrazó el dedo. Nos tomamos fotos. Así de adorable se veía la criatura, digo, la piñata. No lo hubiera soltado nunca.

Elevamos a Totoro a una altura aproximada de 30 centímetros e invitamos a los cuatro infantes a formar una fila para pegarle. Con el estómago hecho pedazos, me puse en cuclillas frente al dedo dictatorial y le di una breve explicación del concepto de la piñata, seguida por un sentido discurso sobre la impermanencia. Nada es para siempre, mija. Ahora vaya y destruya la piñata más bonita que jamás haya visto uno.

¿Y si no le pegamos?, dije en un suspiro casi inaudible. La impermanencia, me recordó Aquel Señor. Pero Aquel Señor no es un monje budista, y su argumento (que también era mío) no me convenció. Y a pesar de que los niños eran tan débiles que apenas acariciaban la piñata, algo dentro de mí me dijo que este acto milenario de violencia no estaba bien.

¡Alto! ¡No podemos romper a Totoro!, grité como Victoria Ruffo me enseñó a gritar. ¿Y los dulces? Alguien tuvo a bien preguntar. Los dulces saldrán por donde entraron. Y yo los niños se irán a casa sin trauma. Volteamos la piñata y dejamos caer kilos y kilos de precursores de diabetes sobre el pasto. Así salvamos a Totoro de una muerte lenta y cruel. Aunque en manos de esos críos, más que muerto hubiera quedado mutilado y alérgico al canto desafinado de “dale, dale, dale…”. Peor tantito.

Ahora Totoro pasa los días en el cuarto de lavandería, estorbando alegrando el trabajo de la ama de la plancha. Pasó varios días en la sala, donde hizo las funciones de recipiente de dulces, escultura gigantesca, y productor de basuritas de papel crepé. Era el rey de la casa. Le dábamos las buenas noches y los buenos días; lo arrastrábamos por el pasillo; lo invitábamos a comer. Pero un día cualquiera vi cómo el dedo tomaba una escoba y le pegaba al ritmo de “dale, dale, dale…”. Me quise morir. Supongo que se hubiera tardado varios meses en romperlo. Pero antes de ver a mi tirana convertida en tirana, y a mi departamento convertido en Guantánamo Bay, hice lo que cualquier persona sensata hubiera hecho: escondí a Totoro con el fin de evadir la toma de decisión sobre su paradero.

Moraleja: las piñatas tienen una razón para ser feas, porque si todas fueran como el Totoro de esta historia, el mundo tendría un serio problema de sobrepoblación de seres de papel crepé. El año que entra compraremos una princesa curvilínea. ¿Y Totoro? Para entonces, será un experto en las artes del planchado y almidonado de cuellos.

*Término acuñado por Catón

Totoro

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