Un calamar gourmet

En mi próxima vida voy a ser un calamar japonés. No es un sueño ni un deseo; ni que estuviera loca. Se trata de una sospecha basada en la teoría del karma y la reencarnación. Si quieren saber qué hice para pensar que merezco este extraño destino, sigan leyendo. He cometido un crimen atroz. Y precisamente porque ese crimen no está regulado por ninguna ley (menos mal porque yo en la cárcel no duraría ni cinco minutos), presiento que pagaré mi condena en otra vida.

No llegaré a ser gigante y monstruosa como los que Julio Verne describe en Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino. Vaya, ni cerca. Mediré unos veinte o treinta centímetros más o menos: el tamaño ideal para dos comensales hambrientos. Algunos calamares sucumbirán en plena pesca. Otros, los más afortunados, caerán muertos –pero felices y agotados- inmediatamente después del acto que los lleva a reproducirse. Yo, en cambio, seré la protagonista de una muerte lenta y cruel pero sofisticada, en manos y boca de una pareja de humanos gourmet. Mi lecho de muerte será un elegante plato de cerámica japonesa. Ahí yaceré rodeada de lechugas, con mi abdomen –o mi espalda, no estoy segura- rebanada en finas tiras listas para comerse. No habrá sashimi más fresco que yo. Mis ojos saltones observarán todo: mi paseo por el restaurante desde la cocina hasta la mesa 12; los gestos de preocupación de los dos turistas al ver mis tentáculos moverse; los palitos de madera abriéndose y cerrándose; la salsa de soja empapando mis tiras amputadas; y una boca gigante engullendo una parte de mí, y luego otra y otra hasta dejarme incompleta. Culpo a la geografía y a las extrañas especialidades culinarias de Fukuoka. Y al karma, por supuesto, pero esto no es un confesionario y yo no he venido aquí a hablar de pecados.

Mis dos verdugos –un hombre y una mujer- discutirán en un idioma desconocido para mí mientras señalan y analizan su comida (yo). El hombre me devorará con gusto; me fotografiará; me filmará. Y yo, que siempre huí de estar frente a las cámaras en mi vida pasada, me veré invadida por un sentimiento de acosamiento e indefensión, sin poder siquiera indicarle cuál es mi mejor ángulo (el izquierdo). La mujer me mirará con sospecha pero de reojo. ¿Comerme o no comerme? Hará hasta lo imposible por evitar mi mirada. Pero su morbo no podrá más. Y en un intercambio de miradas que durará una milésima de segundo, ella sentirá mi angustia. Y yo la de ella. Ante la insistencia de su compañero de mesa (creo que él le insistirá pero no me tomen la palabra pues no conoceré otra lengua que el japonés), la mujer tomará sus palitos y, vacilante, se llevará un pedazo de mi cuerpo mutilado a su paladar -no sin antes taparme la cara con una lechuga-. Supongo que es más fácil comerte un calamar vivo si no le tienes que ver la expresión. Ni los tentáculos.

Qué alivio sentirán los dos comensales cuando piensen que han terminado conmigo; cuando crean que mis tentáculos y mis ojos–que tanto los intimidarán- eran pura decoración. La mesera me llevará de regreso a la cocina. Los humanos gourmet se regocijarán de mi partida. Como si ellos fueran los torturados… Y cuando menos se lo esperen, volveré a la mesa hecha tempura. Esta vez, sin lechugas que tapen sus pecados. Y no tendrán de otra que terminar con el festín, porque lo que tengan de sádicos lo tendrán de educados, y ni modo de dejar un platillo a medio comer. Para entonces ya no estaré viva. El calor del fuego habrá acabado conmigo para siempre. Me consuela pensar en mi dulce venganza, que apenas comenzará, porque si el karma es ese ciclo perfecto que dicen que es, mis verdugos serán calamares japoneses en sus próximas vidas. ¿Y yo? No sé. Sólo espero no ser un humano gourmet. Seré vegana o uno de esos monjes que se alimentan de bolitas de gluten. A ellos, los comensales reencarnados en calamares, que otro humano los devore.

El dedo dictatorial

Hace poco más de un año que un milimétrico dedo índice dirige mi vida. Es físicamente débil y su coordinación motriz deja mucho que desear, pero sería yo una pobre ilusa si me dejara engañar por su aspecto físico. No, qué va. Si he visto suficientes imágenes de Napoleón, de Franco, de Mussolini… De toda esa sarta de chaparros debiluchos que tiranizó al mundo. Por eso mejor me callo y acato órdenes. Allá donde apunta el dedo, allá voy. Pobre de mí si ignoro sus mandatos. Pobres de los vecinos y de la paz que gozaba la mascota familiar cuando todavía éramos tres y ella era la reina. Se acabó. Basta una minúscula desobediencia para que el dedo lance al aire un grito descomunal, o peor: una mordida. Ni siquiera la mascota–programada biológicamente para defenderse con los colmillos- es capaz de semejante acto de violencia.

El dedo viene programado con efectos de sonido: una voz dulce, femenina, adorable, y con una carga de autoritarismo que dejaría mal parado al general brigadier que ordenó el fusilamiento de Pancho Villa. “Allá”, dice el dedo. “Allá” significa llévame, dame, enséñame, léeme, entretenme, toma ese muñeco y monta una obra de teatro para mí solita. Toma este peluche. Introduce otro personaje. Y otro. Hazlos bailar. Y platicar. Olvídalo. Tu acento de cubana no es convincente. “¿Allá?” “¿Allá?” significa ¿qué es eso?, ¿cómo se llama?, ¿para qué sirve?, ¿me lo das? Dame ahora tu cámara fotográfica que quiero comprobar la ley de la gravedad en este piso de madera. Porque al dedo dictatorial le apasionan las leyes de la física. Y mientras Aquel Señor prepara la solicitud de admisión del dedo a algún centro de estudios de ciencia, yo protejo la seguridad familiar de las posibles consecuencias de sus experimentos científicos. Experimentos como la inmersión de un muñeco de tela en el escusado. ¿Cómo explicarle a los abuelos que el elefantito que con tanto cariño le escogieron al dedo apareció flotando boca abajo en aguas de cañería? Presa de su pensamiento científico, Aquel Señor interpreta el ahogamiento del elefante como la comprobación del empuje hidrostático de Arquímedes (¡nuestro dedo es un pequeño genio!). Pobre iluso. Para mí que es una táctica de intimidación. ¿Qué no sabe que la fuerza de una dictadura radica en el terror que el Estado infunde en sus súbditos? El “experimento” del dedo es una advertencia: hoy es un objeto inanimado; mañana es la mascota familiar.

Hace poco más de un año éramos una familia de tres: Aquel Señor, la mascota y yo. Vivíamos en tranquilidad. Gozábamos de libertades y derechos constitucionales. No conocíamos de violencia ni amenazas. Hoy somos tres súbditos viviendo bajo la sombra de un dedo. Yo que pensé que al salir del seno de la dictadura materna en la que nací y crecí al fin alcanzaría la autonomía. (Risas grabadas). Sí la alcancé y me duró un suspiro. Que el universo nos ampare.

Querido blog…

Naciste de la desesperación, de la búsqueda de un remedio para superar la tristeza provocada por mi exilio semi voluntario. Más semi que voluntario por aquello de que, por órdenes del gobierno de Obama, no podría yo salir de mi país de residencia por los siguientes tres o cuatro o cinco meses, o qué se yo cuántos -ya perdí la cuenta. Cosas de rutina: un análisis exhaustivo de mi inexistente récord criminal y una larga fila de aspirantes a la residencia permanente en el país de las hamburguesas. Culpo a Bin Laden, y a los soviéticos, y a los supervillanos de la saga de James Bond por tratar de destruir la cuna del capitalismo y convertir mi proceso migratorio en una odisea de proporciones dantescas. Porque de no ser por eso, mi Green Card, esa tarjetita que te da acceso a la fila rápida de migración en los aeropuertos, hubiera estado lista en tres a cinco días libres y no en tres a cinco meses libres.

En mi encierro, le rogué pedí a la abogada encargada de mi caso que me ayudara a salir del país. Pero yo creo que esa mujer es un robot sin sentimientos pues no consideró que “tristeza profunda” fuera motivo suficiente para pedir una excepción al gobierno. En un acto puramente latino, invité a mi mamá a quedarse conmigo hasta el final de los tiempos, en mi cama, en el espacio que –por motivos laborales- Aquel Señor* había dejado temporalmente vacío. Pero mi mamá no es ninguna desocupada, y después de dos felices semanas me abandonó. Fue entonces cuando enloquecí: me obsesioné con un queso, le escribí una carta a un objeto inanimado, y abrí este blog con la esperanza de convertir mi desolación en creatividad. Pero nada es permanente, y la tristeza que me invadía se vio opacada por la inesperada aparición de mi Green Card y la esperadísima llegada de la nueva mascota familiar.

A ti, blog, te puse en una canastita bien arropadito y te dejé en un escalón. Te abandoné, pues. A ti y a mis dos lectores**. Perdóname.

Muchas aguas han pasado bajo mis puentes desde el momento de tu creación. Decía Gertrude Stein que Estados Unidos era su país y París era su hogar. Yo encontré mi lugar en Nueva York. Iba por dos años, o tres, como mucho. Me quedé seis. Y me hubiera quedado para siempre. O hasta que la isla quedara sumergida en el agua de los polos descongelados y yo me hundiera con ella como el capitán del Titanic murió aferrado al timón de su crucero.

Hoy reclamo mis derechos de maternidad desde el país que me vio nacer. Espero que no me hayas olvidado y me vuelvas a llamar “mamá”. Yo, por mi parte, prometo mantener intacta tu esencia: los cuentos del exilio que iba a relatar desde Nueva York, ahora los escribiré desde México. O desde donde me encuentre. Porque soy una desubicada. Y los desubicados vivimos en un exilio perene.

 

*Aquel Señor: Aquel que comparte mi cama, mi chequera, y, sólo en casos de emergencia, mi cepillo de dientes.

**Mis dos lectores: Catón tiene cuatro. Yo también tengo cuatro -mis papás, Aquel Señor, y mi terapeuta-, sólo que nunca me leen al mismo tiempo, así que en realidad son dos, y ni siquiera tengo la certeza de que siempre me lean.