Olga

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(Texto anteriormente publicado en el diario El Siglo de Torreón, a raíz de la muerte de mi abuela)

Cinco sirenitas te llevarán

por caminos de algas y de coral

y fosforescentes caballos marinos harán

una ronda a tu lado

y los habitantes del agua van a jugar

pronto a tu lado

-Félix Luna, Alfonsina y el mar

Me viste nacer. Te vi morir.

Cuenta mi mamá que mientras yo llegaba al mundo, a ti te expulsaban del área de maternidad del Hospital ABC. Parece que tus gritos de felicidad superaron -por varios decibeles- a los alaridos de las parturientas. Todo por culpa de dos palabras: “es niña”. Y por si eso no fuera suficiente alegría para la matriarca de una familia de feministas enardecidos, me pusieron tu nombre.

Hoy recogimos tus cenizas en la funeraria. Qué impacto ver tanta enormidad de ti contenida en una urna. Sé que ya no eres tú. Aún así… de ser por mí te hubiera congelado como a Walt Disney y te hubiera guardado en una caja de cristal para que a las próximas generaciones no les faltara la dicha de verte. Pero entonces ya no podrías terminar donde siempre has pertenecido: en el mar de Acapulco. No nos atrevimos a pegar sobre la urna la placa que lleva tu nombre. Le apreté la mano a mi hermano mientras la empleada de la funeraria tomaba la responsabilidad de una tarea que a nosotros nos pareció de proporciones titánicas. “Abajo, a la derecha”, osamos decir. Todas las placas iban abajo a la derecha… pero en algo teníamos que contribuir, y entre la tristeza y los nervios no se nos ocurrió otra cosa que decir. OLGA a secas, en mayúsculas, sin fechas ni apellidos. Dice mi mamá que por eso llevo tu nombre: Olga no necesita complementos. Me llamaste tu segunda, tu heredera (creo que exageraste), tu Olguita, tu Olgota. El martes por la tarde te fuiste y me dejaste sin tocaya y con la responsabilidad de llevar un nombre que es sinónimo de grandiosidad. Mejor te hubieras quedado para siempre.

Al menos sé que volverás a tu lugar de origen, porque Olga, tú no eras de este mundo. Eras de una galaxia muy peculiar: un lugar donde basta una copa de un licor cualquiera para ponerse a bailar sobre las mesas cuando nadie más lo está haciendo; donde todos andan a caballo o en paracaídas; se saludan a besos y abrazos como si no se hubieran visto ayer; se llaman “chulo” y “chula” porque no recuerdan sus nombres verdaderos; torean las olas del mar en medio de maremotos, y evitan la regadera para no estropear su olor a mar.

El día que moriste traías un vestido de color azul. Los labios rojos. El pelo relamido. No sé por qué, pero ya no tenías cara de enferma, ni de cansada. Me acerqué a tu oído y te dije que parecías recién salida del mar. Unas horas después, tu corazón se empezó a apagar. Pensando que ya te habías ido, me abalancé sobre ti. Y en ese abrazo fuerte te oí suspirar. No hubo más. Tu silencio lo llenó la voz de Tania Libertad cantando tu canción favorita: Alfonsina y el mar. Fue mera coincidencia; el iPad de mi mamá estaba en modo aleatorio. Como Alfonsina, te fuiste dormida y vestida de mar. Gracias por darme el privilegio de haber tomado tu nombre.

 

 

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