Diario de la pandemia

I’m just like any modern woman, trying to have it all. Loving husband, a family. It’s just, I wish I had more time to seek out the dark forces and join their hellish crusade.

-Morticia Addams

Mayo, 2020.

Hoy mientras acompañaba* a Mijita A a sus clases en línea, escuché a Mijita B – de tres años- jugar sola con sus muñecas. “¡Ya se acabó el coronavirus! ¡Ya podemos salir!” Festejaba ella. Festejaban las muñecas. Tal vez todos deberíamos de jugar a que esto termina.

Hace tiempo que dejé de pensar en el regreso a clases. Mejor me hice a la idea de que voy a seguir siendo la maestra de mis hijas por un buen rato. Hay días mejores que otros. En los días malos, sueño con dormir un sueño profundo hasta que esto termine. Pero ese sueño podría durar años y entonces me perdería de muchos momentos entrañables. A veces quisiera salir huyendo; más de una vez me he encerrado en el coche a llorar. Cuando apenas llevábamos dos o tres semanas de confinamiento hablé con mi psicólogo por videollamada. Me sentí tan feliz de ver a otro ser humano que olvidé mis temas de ansiedad y entonces él me declaró emocionalmente estable y casi me dio de alta. Recuerdo que me preguntó si había llorado. Le dije que no. Después de colgar caí en la cuenta de que no había llorado por falta de tiempo, y eso me puso mal. (Esto es lo equivalente a llevar tu coche al taller porque está haciendo un sonido extraño, que tu coche funcione perfecto frente al mecánico, y que el sonido regrese cuando ya te fuiste y el taller cerró.) Los diez días subsecuentes los pasé llorando (adentro del coche estacionado y también fuera de él). 

(*Acompañar a sus clases en línea: sentarse al lado de la niña a repetir frases inspiracionales como “pon atención” “no juegues con mi computadora” “tu goma está frente a ti” “yo no lo puedo hacer por ti” y así. Repetir hasta el cansancio.)

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Hace varios días que todas las pláticas de Mijita B empiezan con “cuando se acabe el coronavirus…” Se está volviendo una obsesión. Tiene tres años. 

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Anoche soñé con piojos. Piojos en mi cabeza. Piojos en el lavabo. Piojos gigantes, saltarines y voladores. Desperté angustiada y llena de comezón. En la tarde busqué en Google por qué Britney Spears se rapó. Entre todas las razones que encontré -que más que razones eran especulaciones de sus fans- me gustó la de la tatuadora que dice haber estado con ella ese 16 de febrero de 2007. Al parecer, Spears le dijo que se había rapado porque estaba harta de que todos le tocaran la cabeza. Hay una extraña lógica en esto: Britney intentaba retomar el control de su vida. Me pregunto cuánto tiempo se habrá ahorrado en peinados y lavados y cepillados en las mañanas subsecuentes a su crisis. Me pregunto también si los calvos sueñan con piojos y despiertan agitados. Seguro que no. 

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Le pandemia también tiene ventajas. Yo, por ejemplo, vivo en una comuna nudista. Las mijitas son almas libres; la ropa les estorba. Desnudan a sus muñecas y corren ligeras mientras avientan calzones, vestidos y calcetines sin ninguna intención de recoger. En otras circunstancias, haría como que guardo el decoro y me apresuraría a taparles sus partes expuestas. A falta de público, las niñas deambulan encueradas y llenas de collares de colores que ellas han hecho. Supongo que será complicado readaptarlas a la sociedad, pero ya habrá tiempo para preocuparse por eso. 

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Lista de cosas que he encontrado en la casa de campo de mis padres donde paso la cuarentena:

  • Una “guía definitiva para trabajar con los chakras”. Después de una lectura rápida de aproximadamente cuarenta segundos, he llegado a la conclusión de que experimento inestabilidad en mis campos bioelectromagnéticos. 
  • Una especie de huipil egipcio. Es de algodón blanco y me llega hasta los tobillos. La primera vez que lo usé, me lo puse al revés y no me di cuenta hasta la tarde cuando Trudeau me preguntó que de quién era esa bata. A mí me parece que es una bata muy elegante.
  • Once libros de técnica de navegación a vela.
  • Una receta para un coctel, escrita en una comanda de restaurante. La encontré adentro de una caja de madera labrada, en la biblioteca del tapanco que hemos convertido en nuestro centro de operaciones. No reconozco la letra:

(Comanda 14782

Rodajas de pepino

2 oz de tequila blanco

1/2 oz de endulzante

Hojas de hierbabuena

5 granos de pimienta negra

Jinger (sic) ale

Agua mineral)

  • Una fotografía de mis papás a principios de los noventa. Están sentados frente a una mesa redonda. Hay otras personas fuera de cuadro. Lo sé porque recuerdo ese día. Fue un evento de los padres de niños veleristas y yo era la niña velerista de mi casa. Alguien tuvo a bien congelarlos a media carcajada. Mi papá mira a la cámara; sus ojos se ven diminutos de tanto reír. Mi mamá mira a alguien que está junto a ella: supongo que se trata del o de la responsable del chiste (alguien tuvo que haber contado un chiste). Soy una clara combinación de los dos: la sonrisa de mi mamá, los ojos de mi papá.  No heredé los rizos de Marilyn moderna de mi mamá; tampoco la calvicie prematura de mi papá. Quisiera ponerme el suéter con veleros bordados de mi papá, envolverme en el chal anaranjado de mi mamá y abrazarlos a los dos. Hace poco le pregunté a mi mamá si alguna vez había sido feliz en su matrimonio. Ella me contestó que las épocas de las regatas y los viajes con otras familias veleristas fueron sus favoritas. 
  • Siete frascos de desmaquillante para ojos sensibles. Todos de diferentes marcas. Todos a punto de terminarse. Yo tenía la misión de acabar con todos los excedentes de esta casa, pero llevo casi dos meses sin maquillarme. Ayer intenté desmaquillar a las mijitas después de que usaron sus plumones para pintarse como personajes de película ochentera de Almodóvar. Fue inútil. Les ardió la cara y ni siquiera se les quitó la pintura. Sospecho que ya caducaron.
  • Diez gorras manchadas de bloqueador y decoloradas por el sol.
  • Siete rompevientos.
  • Doce sombreros.
  • Arañas. Una por cada noche que hemos pasado aquí. Todas han perecido bajo el golpe de un ejemplar antiguo de la revista Architectural Digest
  • Unos premios para perro. Cordelia, nuestra mascota de 8 años, encontró unos palitos de carnaza que estaban escondidos en una especie de cubeta ornamental de madera con tapa y caracteres chinos. La cubeta se encuentra junto a la chimenea y tiene un mecanismo secreto para abrirla. Cordelia se sentó junto a ella y me miró fijamente por diez minutos hasta que se me ocurrió investigar. Me atrevo a clasificar este suceso como uno de los momentos más felices del encierro de la mascota. (Como si ella percibiera el encierro…)

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La dramaturga Sarah Ruhl, en su libro de ensayos 100 essays I don’t have time to write on umbrellas and sword fights, parades and dogs, fire alarms, children and theater, utiliza una estrategia para explicar la sensación de una escritura en constante interrupción: cada vez que uno de sus hijos la interrumpe, deja la oración a medias y… También publica los dedazos de sus hijos en el tecla4947vndhe738. Si yo la imitara, este texto sería una colección de frases sin terminar. Recuerdo que cuando vivía en Nueva York y no tenía hijas, pasaba mis días en una oficina para escritores necesitados de un espacio libre de distractores donde estaba prohibido hablar. No se escuchaba nada más que el sonido de dedos tecleando con frenesí. Hoy vivo rodeada de tanto ruido que no escucho ni el sonido de mis pensamientos. (Las voces y las pisadas de las personas chiquitas son de grandes alcances.) Sin embargo, he aprendido que sí es posible trabajar así. Lectura y escritura en abonos chiquitos. 

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Cuando termine el aislamiento, voy a–

(No. Nadie me ha interrumpido. Hoy simplemente me siento incapaz de imaginar. Además, ¿qué podría escribir que no se haya dicho ya y que no sea un lugar común?)

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He aprendido que un ronin es un samurái desempleado. Lo cuenta Rivka Galchen en su libro de relatos sobre la maternidad titulado Little labors. Necesito inventarme una palabra exótica que defina mi estatus de escritora desempleada. Me ahorraría muchas explicaciones. (La gente es muy rara, y la gente siempre quiere saber a qué te dedicas cuando hay tantas otras preguntas mucho más interesantes, como por qué los 47 ronins de la leyenda japonesa regresaron a la vida doméstica antes de vengar la muerte de su amo.) Mientras tanto, la próxima vez que tenga que llenar una forma oficial, pondré samurái desempleada en la columna de profesión: si escribo ronin, casi nadie me va a entender, y hay algo de caché en la palabra samurái. ¿Cuántos desempleados dejará la pandemia? Vamos a necesitar muchos términos para todas las profesiones. 

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Hoy murió Rafael. Después de casi 45 días en terapia intensiva, su corazón no resistió más. Duele mucho. Duele ver triste a la gente que quieres. 

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Mis días deambulan entre la preocupación y la (sobre)ocupación. 

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Soñé que veleaba. O más bien intentaba velear. Una regata estaba por comenzar, pero cada vez que intentaba salir al agua, algo olvidaba y tenía que regresar. Al final me quedé en tierra porque alguien me dijo que las olas del mar estaban llenas de coronavirus. Esas olas gigantescas que rompían frente a veleros diminutos me provocaron una maraña de sentimientos encontrados: un apetito voraz por la libertad y un terror a lo desconocido. Desperté en una cama rodeada de motivos náuticos. 

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Cuando termine el aislamiento, me voy a subir a un velero. 

(Imagen superior: La Habana, 2013. Autor: yo mera)