Algodón de azúcar

para Cacó

La cabeza de mi abuelita parece un algodón de azúcar.

Desde que tengo memoria mi abuelita tiene el pelo azul. Durante mucho tiempo creí que se trataba de un efecto no deseado de su champú para las canas, pero ahora sé que lo hizo por gusto. Empezó en los años sesenta o setenta -ya ni ella sabe- y así lleva más de cinco décadas. ¿Por qué pintarse de güera como todas las señoras cuando podía tener el pelo azul? También lo ha tenido morado y rosa, pero el azul es el más constante. Más que un azul intenso como un personaje de anime, es un azul pálido y deslavado. 

Una ventaja del pelo azul es que siempre he podido encontrar a mi abuelita entre la multitud. No es muy alta pero el crepé le suma unos cuantos centímetros. Cuando me acompañó al festival de la escuela, fue genial decirles a mis amigas de la primaria que mi abuelita era la mujer de pelo azul. 

Nunca he visto a mi abuelita despeinada. Y eso que he dormido muchas veces en su casa. No sé cómo lo hace. Quizás mi abuelita es un personaje de caricatura de esos que siempre se ven iguales.

El champú azul de mi abuelita se llama Fanci-Fool. Es un juego de palabras que significa algo así como ¿tonta elegante? ¿ingenua elegante? Elegante es, sin duda. Tonta, nada.  

Hay un debate sobre el color de ojos de mi abuelita. Mi papá dice que son verdes, a veces azules. Mi tía me mandó tres fotos en donde se le ven de tres tonos diferentes: verdes, azules y grises. Supongo que no hay debate, entonces. Sus ojos dependen del color de su ropa, de la luz, y de su estado de ánimo. Ayer la vi muy triste: sus ojos se veían casi transparentes.

Los ojos de mi abuelita son como los anillos que nos regalaban en la infancia y que cambiaban de color según tu humor. 

Según un estudio preliminar del Centro de Investigación del Dolor de la Universidad de Pittsburgh en Estados Unidos, las mujeres caucásicas de ojos claros parecen tolerar el dolor y la angustia mejor que las que tienen ojos color marrón. También sufren menos ansiedad después del parto y menores tasas de depresión. La muestra del estudio fue de apenas 58 mujeres. 

Mi abuelita quedó huérfana muy joven. A los cuarenta y tantos quedó viuda. Y a los ochenta y tantos vio a su hijo morir. Si sus ojos fueran cafés, ¿hubiera sufrido más? Vaya estupidez. Si aquel estudio de la Universidad de Pittsburgh tuviera un patrocinador, seguro sería un producto de nombre Fool (así nomás, sin el Fancy/Fanci).  

Cuando le conté a mi abuelita que tengo ganas de pintarme el pelo rosa, me dijo “¡hazlo! Yo una época lo hice y fui muy feliz”. 

Mi abuelita es una mujer adelantada a su época. 

Recuerdo que cuando yo era niña, había algodones de azúcar azules y rosas. Últimamente solo veo algodones rosas en las calles. El único azul es la cabeza de mi abuelita. 

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